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La revolución digital y la nueva economía

La revolución digital y la nueva economía

La revolución digital y la nueva economía

En el post anterior, el de la globalización, vimos que el mundo está conectado por cables y barcos y mercancías y dinero y un sinfín de cosas que se mueven en un sentido y en el contrario, y vimos que la globalización ha consistido precisamente en una intensificación y aceleración de esos flujos. Pero hoy, la verdadera revolución no viaja en contenedores, sino en bits. Si la Revolución Industrial nos enseñó a fabricar cosas en masa, la Revolución Digital nos está enseñando a gestionar información en masa.

Estamos pasando de una economía de “propiedad” a una economía de “acceso”. Y eso, aunque no lo parezca, va a decidir si tendrás un trabajo estable o si el planeta aguantará nuestro ritmo de consumo. Este cambio, aunque parezca abstracto, va a determinar:

  • si tendrás un trabajo estable,
  • si las empresas serán más justas o más monopolísticas,
  • y si el planeta podrá soportar nuestro ritmo de consumo.

La “Nueva Economía”: Cuando el valor es invisible

¿Qué vale más: una tonelada de acero o el algoritmo de búsqueda de Google? En el siglo XX, la respuesta era el acero. Hoy, son los intangibles.

La Nueva Economía se basa en activos intangibles: software, datos, marcas, patentes, algoritmos, reputación digital. Google no tiene fábricas; tiene servidores y matemáticos. TikTok no produce vídeos; los producen sus usuarios. Airbnb no tiene hoteles; tiene una plataforma. Esto genera, entre otros impactos, que el capital ahora se mueve a la velocidad de la luz, lo que hace que sea muy difícil de regular y, sobre todo, de gravar con impuestos para sostener el bienestar.

La Nueva Economía se basa en tres pilares que rompen las reglas de la lógica económica tradicional:

  1. Coste marginal cero: Una vez que Netflix ha producido una serie, que la vean 100 personas o 100 millones le cuesta prácticamente lo mismo. Esto genera monopolios gigantescos, empresas gigantescas que dominan mercados enteros. ChatGPT o Gemini pueden responder millones de preguntas al día sin “cansarse”. El coste de una respuesta adicional es casi cero.
  2. Efecto red: Cuanta más gente usa una plataforma, más valiosa es. WhatsApp sin tus amigos no sirve, Instagram sin creadores no existe, Fortnite sin jugadores sería un desierto. Por eso, en la economía digital el ganador se lo lleva todo..
  3. El dato como el “Nuevo Petróleo“: Tus clics, tus gustos, tus rutas, tus compras… todo se convierte en datos. Y esos datos son la materia prima con la que se fabrican anuncios personalizados, recomendaciones de contenido, modelos de IA, decisiones empresariales. Cuando un usuario compra un Tesla, adquiere un coche. Pero para Tesla, ese coche es también un sensor sobre ruedas que produce millones de datos cada día. Ese flujo de información tiene un valor estratégico enorme, a veces superior al del propio vehículo. Esta asimetría entre lo que vale para quien lo usa y lo que vale para quien lo fabrica es una señal clara de que estamos entrando en una nueva economía.

La nueva economía no solo redefine qué crea valor, sino también cómo se crea. Si el valor ya no depende únicamente de poseer recursos, sino de conectarlos, compartirlos y activarlos colectivamente, entonces la economía colaborativa aparece como una de sus manifestaciones más evidentes. Es la práctica cotidiana de los principios de la nueva economía.

La Economía Colaborativa vs Uberización

Seguro que has usado Vinted, Wallapop o Uber. Esto es la Economía Colaborativa. La idea suena idílica: optimizar el uso de recursos que ya existen. ¿Para qué comprar un taladro que solo vas a usar 15 minutos en toda tu vida si puedes alquilar el del vecino? La economía colaborativa abrió la puerta a nuevas formas de compartir recursos entre personas. Sin embargo, ese mismo modelo tecnológico dio lugar a una evolución distinta: la uberización. Economía colaborativa y uberización comparten la lógica de conectar a usuarios mediante plataformas, pero difieren profundamente en cómo distribuyen el valor que se genera. La diferencia está en quién captura el valor y con qué lógica se organiza el intercambio.

En la economía colaborativa la lógica es cooperativa, distribuida, comunitaria.

  • El valor se comparte entre usuarios.
  • El objetivo es optimizar recursos infrautilizados.
  • La plataforma es un facilitador, no un dueño del mercado.
  • Ejemplos: compartir coche, intercambiar herramientas, bancos de tiempo.

La uberización, por contra, tiene una lógica extractiva, centralizada, empresarial.

  • La plataforma captura la mayor parte del valor.
  • El objetivo es escalar un negocio, no compartir recursos.
  • El trabajo se fragmenta en microtareas controladas algorítmicamente.
  • Ejemplos: Uber, Glovo, Deliveroo.

Uberización del trabajo y precariedad

Hasta aquí puede no sonar tan mal, en mundo nuevo abierto a muchas posibilidades de negocio y de emprendimiento, pero por otro lado tiene una consecuencia muy perniciosa, un riesgo cada vez más evidente, la “Uberización” del trabajo. Una vez que la plataforma controla la relación entre oferta y demanda, aparece un nuevo modelo laboral en el que predominan:

  • trabajadores autónomos
  • tareas fragmentadas
  • algoritmos que asignan trabajo
  • ausencia de protección laboral
  • dependencia de la plataforma

Muchos trabajadores se ven atraídos por la posibilidad de tener horarios flexibles, ser “tu propio jefe”, ingresos rápidos. Pero hay una cara B, la precariedad laboral:

  • Si el coche se rompe, lo pagas tú.
  • No hay vacaciones pagadas.
  • No hay seguridad laboral.
  • No hay negociación colectiva.

En España, la “Ley Rider” intentó regular a los repartidores de plataformas como Glovo o Uber Eats. Pero muchas empresas han buscado formas de esquivar la regulación.

Empleo y distribución de la renta: La Gran Sustitución

Una duda que aflora en las mentes de muchos trabajadores y, probablemente de muchos estudiantes es: “¿Me quitará el puesto una IA?”.

A menudo escuchamos que “siempre que se destruye un empleo, se crea otro mejor”. Pero para alguien que lleva 20 años en una sucursal bancaria o en una línea de montaje y es sustituido por un algoritmo o un brazo robático, esa frase suena a burla.

Schumpeter decía, a través de su concepto de la “destrucción creativa”, que el capitalismo se destruye a sí mismo para renovarse. Pero en la Revolución Digital, nos enfrentamos a tres problemas nuevos:

  • Velocidad: Antes, una tecnología tardaba 50 años en implantarse. Hoy, una IA como ChatGPT se despliega en semanas, dejando sin margen de reacción a sectores enteros (traductores, redactores, ilustradores, programadores junior).
  • Escala: Un solo software puede hacer el trabajo de miles de administrativos en todo el mundo simultáneamente.
  • Inteligencia: Antes las máquinas sustituían la fuerza física; ahora sustituyen el juicio cognitivo. Ya no queda un “refugio” seguro para el ser humano.

Nos enfrentamos, por tanto, a una destrucción masiva de los empleos tradicionales y eso tiene, innegables consecuencias sobre la distribución de la renta puesto que el trabajo y las rentas que este genera es la principal fuente de ingresos para la mayor parte de la población, la que les permite adquirir los bienes y servicios necesarios para satisfacer nuestras necesidades.

Si la destrucción es masiva, nos enfrentamos a un problema sistémico: ¿Quién va a comprar los productos de las empresas si nadie tiene un sueldo?

Pero además, la renta de los factores se inclina totalmente hacia el capital (los dueños de los robots, los dueños de las plataformas, los dueños de las IAs) y se aleja del trabajo, lo que lleva a una desigualdad aun más extrema.

Y todo esto, sin duda supone un riesgo democrático, una masa de población joven, formada, pero sin futuro laboral porque su puesto ha sido automatizado, es el caldo de cultivo perfecto para el descontento social extremo.

Adaptación o resistencia, ¿Cómo sobrevivir al algoritmo?

Si eres alumno de Bachillerato, tu título universitario o de FP no será el final de tu formación, sino el principio. En un entorno tan cambiante, tan acelerado, me atrevo a decir que la estrategia más racional sería simultanear la resistencia y promover estrategias de adaptación:

Por un lado, resistir reforzando nuestro poder como votantes y ciudadanos, haciendo valer nuestro voto y haciendo que este voto sea lo más formado posible. Informarnos y no dejar que nos desinformen (tarea complicada, sobre todo en redes sociales), tomar partido y opinar sobre las decisiones más trascendentales en la protección de nuestros derechos como ciudadanos y sobre todo como trabajadores. También, haciendo valer nuestro “voto comercial”. Cuando compramos un producto estamos diciendo a esa empresa que aprobamos lo que hacen y generamos los incentivos para que lo sigan haciendo o incluso lo hagan a más escala. Haz uso de nuestra soberanía como consumidores aprobando a esas empresas que generan externalidades positivas y castiga a aquellas que se benefician de generar externalidades negativas.

Por otro lado, adaptarme

  • Upskilling: Aprender nuevas habilidades para hacer mejor tu trabajo actual (ej. un diseñador que aprende a usar herramientas de IA generativa).
  • Reskilling: Reciclarse por completo para cambiar de profesión porque la tuya ha desaparecido.

La competencia que más vas a necesitar no es saber programar (que también), sino la flexibilidad cognitiva: la capacidad de desaprender lo viejo para aprender lo nuevo.

La clave para sobrevivir: El Reskilling. En este nuevo escenario, tu capacidad de aprendizaje es tu activo más valioso. Si no puedes ganarle a la máquina en velocidad, tendrás que ganarle en empatía, creatividad y juicio crítico.

Hemos analizado cómo la digitalización transforma la economía y el trabajo. Pero la transición no es solo tecnológica: también es ecológica. De eso te hablo en este post sobre economía ecológica y circular.

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