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La Economía del Bienestar en la encrucijada: Pensiones, robots y jóvenes

La Economía del Bienestar en la encrucijada: Pensiones, robots y jóvenes

La Economía del Bienestar en la encrucijada: Pensiones, robots y jóvenes

Si en el post sobre globalización, en el de la Revolución Digital y en el de la Economía Ecológica, analizábamos los retos más importantes a los que nos enfrentamos en este siglo XXI, en este entramos a analizar un gigante silencioso que se mueve más despacio, pero con la fuerza de un glaciar: la demografía.

Entramos en materia hablando del “Contrato Social”, ese pacto invisible que firmaron tus abuelos y que garantiza que, si te pones enfermo, hay un hospital público para curarte; y que, cuando tus padres dejen de trabajar, tendrán un sueldo del Estado, la pensión. Pero tenemos un problema: el sistema se diseñó en el siglo XX pensando que la población crecería siempre y que el empleo sería estable. Hoy, como hemos podido ver en esos artículos que te mencionaba al principio, está perdiendo piezas.

El pegamento de la Democracia: El Estado del Bienestar

A veces pensamos que la democracia es solo ir a votar cada cuatro años. Pero la historia nos enseña una lección más profunda: las democracias solo son estables si los ciudadanos sienten que el sistema los protege.

El Estado del Bienestar no es un invento por caridad; es el escudo que evita que una sociedad se rompa cuando vienen maldadas. Si la clase media ve que sus salarios se estancan por culpa de la globalización asimétrica (ver post 1), que la IA amenaza su puesto de trabajo (ver post 2) y que los servicios públicos empeoran, aparece la desafección política. Los populismos y las crisis democráticas actuales no nacen de la nada; crecen en el fango de la inseguridad económica.

¿Cómo funciona la “hucha” de las pensiones?

El sistema de pensiones de la mayoría de países europeos es un sistema de reparto, de forma que el dinero que se le descuenta hoy a un trabajador en su nómina (las cotizaciones a la Seguridad Social) no se guarda en una cuenta bancaria con su foto para cuando se jubile. Ese dinero se usa, literalmente, para pagar este mismo mes la pensión de los que ya están jubilados. Se basa en la solidaridad intergeneracional. Para saber si el sistema goza de buena salud, los economistas miran la Ratio de Dependencia:

Ratio de Dependencia=Población mayor de 65 añosPoblación en edad de trabajar (15-64 años)×100\text{Ratio de Dependencia} = \frac{\text{Población mayor de 65 años}}{\text{Población en edad de trabajar (15-64 años)}} \times 100

¿Qué está pasando con ellas en el siglo XXI? Una “Tormenta Perfecta”:

  1. Mayor esperanza de vida: Vivimos más y mejor (¡lo cual es una gran noticia!).
  2. Generación del Baby Boom: La enorme cantidad de personas nacidas en los años 60 y 70 se está jubilando ahora.
  3. Baja natalidad: Nacen muy pocos niños para hacer el relevo laboral.

El resultado es una pirámide de población invertida. Cada vez hay más personas en el vagón de cola (cobrando pensión) y menos personas tirando de la locomotora (trabajando y cotizando). Si a esto le sumas que la IA destruye empleo de clase media, las matemáticas empiezan a ponerse muy difíciles.

Flujos migratorios: ¿Problema social o necesidad económica?

Este es uno de los temas más debatidos en los informativos, pero si dejamos a un lado la política y miramos los datos económicos fríos, la conclusión es radicalmente distinta a los discursos del miedo. En una Europa envejecida, la inmigración no es un capricho; es una necesidad estructural para sostener el Estado del Bienestar.

  • El impacto en el mercado laboral: Los inmigrantes suelen ser población joven en edad de trabajar. Al incorporarse al sistema, sus cotizaciones ayudan directamente a equilibrar la balanza de la Seguridad Social y a pagar las pensiones actuales.
  • Los trabajos esenciales: Como vimos en el post sobre la Economía Ecológica y límites del crecimiento, la transición ecológica y el cuidado de una población envejecida requieren millones de manos humanas. Desde la agricultura de proximidad hasta la enfermería, el personal de cuidados y la construcción verde, los trabajadores extranjeros cubren huecos que la demografía local ya no puede llenar.

El verdadero reto del siglo XXI no es “cómo frenar la migración”, sino cómo gestionarla de forma justa, garantizando la integración cultural, los derechos laborales y evitando el dumping social para que la diversidad sea un motor de desarrollo y no una fuente de fractura.

Las soluciones del futuro: ¿Impuestos a los robots?

Si el modelo del siglo XX (pagar el bienestar solo con las nóminas de los humanos) ya no da más de sí, hay que buscar nuevas fuentes de ingresos. En los parlamentos ya se debaten dos propuestas que parecen sacadas de una novela de ciencia ficción:

A. La “Tasa Robot”

Si una Inteligencia Artificial sustituye a diez administrativos en un banco, el banco gana más dinero, pero el Estado pierde diez cotizaciones, diez impuestos de la renta y el IVA de todo lo que esos trabajadores dejan de comprar ¿La solución? Que las empresas paguen un impuesto especial por cada proceso tecnológico que destruya empleo masivo. Al fin y al cabo, si los robots nos quitan el trabajo, al menos que nos paguen los hospitales.

B. La Renta Básica Universal (RBU)

Consiste en un ingreso económico mensual que el Estado pagaría a cada ciudadano por el mero hecho de existir, independientemente de si trabaja o no. Estaría financiada por los gigantescos beneficios de las empresas tecnológicas y de la economía circular. Su objetivo es asegurar que, en un mundo donde el empleo escasee por culpa de los algoritmos, nadie caiga en la exclusión social y se mantenga el consumo que hace funcionar la economía.

La Gran Reforma Fiscal: ¿Y si dejamos de tasar el trabajo y tasamos el algoritmo?

Hasta ahora, la lógica del sistema era sencilla: si trabajas, pagas un porcentaje de tu sueldo para mantener a los jubilados. Pero si las empresas de la Nueva Economía pueden generar miles de millones de euros con apenas una docena de empleados y un algoritmo potente, el sistema fiscal del siglo XX se queda obsoleto. Aquí es donde los economistas proponen una reforma fiscal profunda. El objetivo es cambiar la base imponible (la referencia sobre la que se aplica el tipo impositivo para calcular tus impuestos a a pagar) para adaptarla a la realidad digital. Dos problemas se plantean

A. El problema del sistema actual: Premiar la automatización

Actualmente, el sistema fiscal casi “castiga” a las empresas que contratan humanos. Tener a un trabajador implica pagar un salario elevado y, además, un coste extra en cotizaciones a la Seguridad Social. En cambio, si una empresa compra un software de IA y despide a 50 trabajadores:

  • Se ahorra las cotizaciones de esos 50 humanos.
  • Sus beneficios aumentan exponencialmente.
  • El Estado se queda sin ingresos para pagar las pensiones.

De esta forma la fiscalidad actual incentiva indirectamente la destrucción de empleo.

B. Desplazar la carga fiscal: Del IRPF al Impuesto sobre Sociedades

La propuesta de reforma fiscal que contribuiría a, al menos, paliar el problema sería NO subir los impuestos a los ciudadanos, sino redistribuir quién los paga:

  1. Reducir las cotizaciones sociales de los trabajadores: Para que contratar humanos sea más barato y atractivo para las empresas.
  2. Financiar las pensiones vía Presupuestos Generales del Estado (PGE): En lugar de que las pensiones dependan solo de las nóminas, se pagarían con la recaudación general de los impuestos del país.
  3. Aumentar la presión fiscal sobre las grandes tecnológicas: Crear tramos específicos en el Impuesto sobre Sociedades para aquellas empresas que demuestren una alta tasa de automatización y una baja creación de empleo en proporción a sus astronómicas ganancias.

Las herramientas de la nueva justicia fiscal

¿Cómo se traduce esto en leyes reales? No es una utopía; ya existen herramientas sobre la mesa de los gobiernos y organismos internacionales (como la OCDE):

  • La “Tasa Google” (Impuesto sobre Determinados Servicios Digitales): Un impuesto que grava un porcentaje de los ingresos que las multinacionales tecnológicas obtienen por publicidad dirigida, venta de datos de usuarios o intermediación en plataformas. El objetivo es que paguen impuestos allí donde generan el valor (es decir, en tu móvil cuando haces clic), y no en paraísos fiscales.
  • El Tipo Mínimo Global del Impuesto sobre Sociedades: Un acuerdo internacional para evitar que las grandes corporaciones muevan sus beneficios artificialmente a países con impuestos casi nulos. Si operan y destruyen empleo en tu país, deben tributar un mínimo obligatorio en tu país.
  • Tributación por rendimiento tecnológico: Que las empresas paguen un canon por la capacidad de procesamiento de sus algoritmos cuando estos sustituyan puestos de trabajo de forma masiva, revirtiendo ese beneficio directamente en la “hucha” pública.

Con esta reforma fiscal sobre la mesa, parece que el Estado del Bienestar podría sobrevivir: tendríamos un empleo humano protegido en la economía circular como vimos en este post y las pensiones estarían financiadas por los beneficios de los robots y las tecnológicas como acabamos de ver.

Sin embargo, para que esta recaudación fiscal funcione y las empresas sigan pagando impuestos, los gobiernos asumen una condición innegociable: el país debe seguir creciendo económicamente. Los beneficios de las empresas tienen que subir cada año para que el Estado pueda recaudar más.

Pero espera un segundo… ¿no quedamos en el post sobre los límites del crecimiento y la Economía Circular que el crecimiento económico infinito es físicamente imposible debido a las leyes de la termodinámica? Si la solución a las pensiones exige que la economía crezca, pero el planeta exige que paremos… ¿Cómo salimos de esta trampa? Tengo en marcha otro post en el os meteré en unos de los debates más polémicos e incómodos de la economía moderna: El Decrecimiento.

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