Desmontando los mitos del emprendedor
Cierra los ojos un instante y piensa en la palabra “emprendedor”. ¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza? Es casi seguro que tu cerebro, bombardeado por películas, series y redes sociales, ha proyectado un estereotipo muy concreto. Probablemente hayas imaginado a un hombre joven, vestido con una camiseta gris básica o una sudadera con capucha, que vive en California, que programó una aplicación revolucionaria en el garaje oscuro de sus padres alimentándose a base de pizza y que, un par de años después, se convirtió en multimillonario tocando la campana de Wall Street. Nos han vendido que el emprendedor es una especie de genio tecnológico tocado por una varita mágica, un elegido o un “tiburón” de los negocios que solo piensa en números, rondas de inversión y beneficios estratosféricos.
Es hora de coger ese mito del cine, romperlo en mil pedazos y tirarlo a la papelera.
Emprender no es un “don genético” con el que naces o no naces. Tampoco es un título universitario que te dan al terminar una carrera de Economía en una universidad de élite. Emprender es, pura y llanamente, una actitud vital ante el mundo que te rodea. Significa no conformarte con ver las cosas desde la barrera. Significa que, cuando ves que algo en tu entorno funciona mal, en lugar de sentarte en el sofá a quejarte, a criticar en Twitter (X) o a esperar pasivamente a que “alguien” lo arregle, decides pasar a la acción.
Esa actitud emprendedora se compone de músculos mentales que ya tienes o que puedes entrenar a partir de hoy: la proactividad (hacer que las cosas pasen en lugar de esperar a que sucedan), la autonomía para tomar decisiones, el pensamiento creativo para buscar rutas alternativas y la resiliencia para aguantar los golpes cuando te equivocas.
La trampa del “Homo Oeconomicus” Durante gran parte del siglo XX, muchos economistas sostenían una teoría bastante deprimente llamada el homo oeconomicus. Según esta idea, el ser humano es una máquina fría, egoísta y calculadora guiada única y exclusivamente por el beneficio económico individual. Te decían que la gente solo trabajaba, inventaba o creaba cosas si iba a ganar dinero con ello. Si no había billetes de por medio, nadie movía un dedo.
Hoy, la psicología moderna, la sociología y la neurociencia han desmontado esa visión tan reduccionista. Sabemos a ciencia cierta que lo que mueve a las mejores iniciativas, y lo que hace que personas de tu generación se levanten de la cama con energía, es el propósito, la pasión y el impacto social. El dinero es necesario para pagar las facturas, por supuesto, pero no es el único motor del corazón humano. Piensa en ese compañero de 4º de la ESO que invierte sus sábados por la mañana en enseñar a jugar al ajedrez a los niños de primaria de su barrio completamente gratis, solo por la satisfacción de crear comunidad y verles sonreír. O piensa en los desarrolladores de Wikipedia, que crearon la mayor enciclopedia del mundo sin cobrar por los artículos. Eso también es ser emprendedor.
Las dos caras de la moneda: Emprendedor vs. Intraemprendedor Si asumimos que emprender es una actitud constante de resolución de problemas, existen dos formas principales de volcarla en la vida real:
- El emprendedor/a empresarial (El creador desde cero): Es la persona que detecta una oportunidad o un hueco vacío en el mercado, asume el riesgo desde la nada y crea un proyecto completamente nuevo. Puede ser una gran empresa tecnológica, pero también es la chica de 19 años que abre una tienda online de ropa de segunda mano customizada, o el chico que monta un servicio de reparación de patinetes eléctricos en su barrio porque se dio cuenta de que no había ninguno.
- El intraemprendedor/a (El motor interno): Esta es una figura absolutamente vital en el siglo XXI y la que más buscan las empresas. Imagina que en el futuro empiezas a trabajar en una multinacional, o que ahora mismo formas parte de la directiva de tu instituto como delegado de curso. No has fundado tú el lugar, el instituto ya existía antes de que tú nacieras. Pero en lugar de limitarte a calentar la silla y hacer tus tareas como un robot de 8:00 a 14:30h, decides aportar valor. Aportas ideas frescas, propones al director un sistema para ahorrar papel en las fotocopias, mejoras el sistema de turnos caótico de la cafetería o lideras un torneo de debates. Estás emprendiendo desde dentro.
Para que lo veas claro en tu día a día: piensa en ese amigo o amiga de tu grupo de WhatsApp que siempre propone los planes del fin de semana. Cuando todos decís “no sé, me da igual, lo que queráis”, esa persona toma las riendas. Organiza quién compra las cosas para la fiesta sorpresa, cuadra los horarios de diez personas distintas, recauda el dinero por Bizum y, cuando de repente empieza a llover y se cancela el plan de ir al parque, en cinco minutos ha buscado un plan alternativo bajo techo para que la tarde no se arruine. Esa persona está utilizando habilidades puras de intraemprendimiento y liderazgo. No está montando una empresa en la bolsa de Nueva York, pero está haciendo que las cosas sucedan y mejorando la vida de su tribu.
La clave para llevarte: No necesitas montar una gran empresa tecnológica para poder llamarte emprendedor. Basta con tener iniciativa personal, empatía para detectar qué va mal a tu alrededor, capacidad para movilizar a tu equipo y la valentía de no quedarte de brazos cruzados.
💬 Pregunta para comentarios: Piénsalo bien y haz un repaso mental de la gente que te rodea: ¿Conoces a alguna persona en tu entorno cercano (un familiar, alguien de tu equipo de deporte o un compañero de clase) a la que consideres verdaderamente “emprendedora” por su actitud arrolladora, aunque no tenga una empresa propia? ¿Qué acciones hace exactamente para que la veas así?








